Muchas personas llegan a terapia sexual esperando una lista de deberes: tantos minutos, tantas veces por semana, con estas instrucciones. Algo parecido a una rehabilitación en la que hay que cumplir para «arreglar» lo que falla.

En mi forma de trabajar no hay ejercicios. Hay recomendaciones de prácticas sexuales desde un enfoque de crecimiento sexual: oportunidades para vivir la sexualidad de otra manera, con límites graduales cuando tienen sentido, siempre orientadas al bienestar y a lo que cada persona o pareja valora.

Lo que hace que una práctica sea terapéutica no es su forma, sino la función que cumple en tu vida sexual.

Qué es el crecimiento sexual

Una vez que se ha aclarado qué es lo importante para la persona en su sexualidad (la intimidad, el juego, el placer, la conexión, la ternura), el siguiente paso es decidir cómo quiere recorrer su vida sexual. De qué manera quiere vivir sus encuentros para que se parezcan a eso que valora.

A ese proceso lo llamamos crecimiento sexual (también podría hablarse de desarrollo sexual) porque no se limita a resolver un síntoma. Apunta a ampliar la experiencia sexual y a construir, con el tiempo, una forma de vivir el sexo más rica y satisfactoria que la que había incluso antes de que apareciera la dificultad.

Por qué no hablamos de ejercicios

La palabra importa. Cuando alguien lleva tiempo evitando el sexo o viviéndolo como una prueba, cualquier práctica presentada como «ejercicio» tiende a vivirse como una obligación más. Algo que se hace bien o mal, que se aprueba o se suspende.

En pareja ocurre algo todavía más claro: si el desarrollo sexual se plantea solo en términos de tareas, el interés y el componente erótico disminuyen. Lo que se quería recuperar, el deseo, el juego, la complicidad, se pierde en el intento de cumplir.

Por eso las prácticas se presentan como opciones, no como deberes para corregir un fallo. Se pueden adaptar, aceptar o rechazar según el sentido que tengan para cada historia y cada relación.

Tres condiciones que dan sentido a una práctica

Da igual que la práctica sea un masaje, una conversación erótica o explorar el propio cuerpo. Para que tenga una función de crecimiento necesita tres cosas:

Dirección
Orientada a valores
Ofrece oportunidades reales de placer, disfrute y conexión coherentes con lo que la persona valora. No se espera un placer inmediato.
Actitud
Sin conductas de control
Se vive con apertura a que aparezcan pensamientos, emociones o sensaciones, sin estrategias para evitarlos o dominarlos.
Atención
Presencia
Se tiende a conectar con la experiencia momento a momento: con el tacto, con la pareja, con lo que está pasando.

Límites graduales que cuidan, no que restringen

A veces se proponen ciertos límites al principio: por ejemplo, un tiempo en el que la penetración queda en segundo plano, o en el que las caricias no incluyen los genitales. No son normas ni castigos. Sirven para que la persona se acerque poco a poco a aquello que le genera malestar y descubra formas de placer que no dependen del rendimiento.

El ritmo no sigue una regla general. Lo marcan el nivel de malestar, la historia de evitación, la dinámica de la pareja y el momento del proceso. Hay personas que se benefician de avanzar de forma muy gradual y otras que pueden implicarse directamente en sus encuentros sin límites y avanzar igual de bien. Algunos ejemplos de cómo se decide:

Cómo se vive el proceso

Las prácticas no forman un protocolo cerrado, sino un repertorio de posibilidades que se va ajustando. Algunas de las que suelen formar parte del camino:

En todas ellas, las barreras internas que aparecen («esto no es una relación completa», «no estoy respondiendo», «se va a aburrir») no son un fracaso de la práctica. Son precisamente el material con el que se trabaja en sesión.

La respuesta sexual como ampliación, no como condición

Es lógico que alguien quiera tener erecciones firmes, disfrutar de un orgasmo o sentir la penetración. Nadie le pide que renuncie a ello. Lo que cambia es el lugar que ocupa.

Piensa en la pareja en tu vida. No necesitas tener pareja para que tu vida valga la pena: hay amistades, aficiones, proyectos. Pero una relación sana, acorde a lo que valoras, amplía y enriquece tu vida.

La respuesta sexual funciona igual. Suma placer, variedad y conexión, pero no es imprescindible para vivir encuentros íntimos, placenteros y significativos. Paradójicamente, cuando deja de ser la condición para que el encuentro «cuente», suele aparecer con más facilidad.

Por eso en el crecimiento sexual la respuesta se trabaja de forma indirecta: como consecuencia de dejar de centrarse en el problema. Se acompaña a la persona a vivir encuentros que merezcan la pena aunque la respuesta fluctúe, sabiendo que irá apareciendo y desapareciendo, como en cualquier vida sexual.

Qué se observa a lo largo del camino

Durante el proceso puede ser útil registrar brevemente los encuentros. No para puntuar el rendimiento, sino para responder a una pregunta muy distinta: ¿he vivido esta experiencia de acuerdo con lo que es importante para mí?

Ese registro permite ver algo que al principio cuesta creer: que es posible disfrutar aunque los pensamientos y las emociones difíciles sigan presentes. Y que cada vez que se elige el contacto, la curiosidad o la ternura en lugar del control, la sexualidad crece un poco.

El crecimiento sexual tampoco ocurre solo en la cama. La comunicación con la pareja, el cuidado personal o la salud física forman parte del mismo proceso, porque todo ello construye el contexto en el que el deseo puede aparecer.

No se trata de hacer las cosas bien. Se trata de ir construyendo, encuentro a encuentro, una sexualidad que se parezca a lo que de verdad te importa.

¿Quieres que el sexo vuelva a ser algo que te apetece, y no algo que tienes que superar?

Te acompaño a construir una sexualidad que crezca a tu ritmo y en la dirección que te importa.

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Miguel Ángel del Pino — Sexólogo clínico y Psicólogo

Colegiado Nº AO-10457 · Especialista en dificultades sexuales desde un enfoque psicológico basado en procesos. Autor del Manual de Terapia de Aceptación y Compromiso para disfunciones sexuales (Letrame, 2.ª ed. 2026).